Me desperté, abrigado hasta el cuello con la frazada que nos regaló mi mamá. Presté atención y no escuché nada, la casa estaba sumergida en un silencio total. Me fijé en el reloj de mi celular, y eran las 5 en punto. Sabía que si aguantaba despierto hasta las 5:50, iba a haber aprendido a hablar hachi, el idioma que habla mi perra, e iba a poder conversar con ella cuando me levantara para ir a trabajar. Me lo dijo una voz en un sueño.
Estaba muy atontado, pero recuerdo la sensación de certeza de que iba a poder hablar con mi Nina. Asi que hice el esfuerzo, dormitando de a ratos, peleando porque de verdad quería poder hablar hachi.
Sonó el despertador. El chillido horrible del Motorola c115 de 4 años de antigüedad me despabiló automáticamente. Y automáticamente lo supe. No iba a poder hablar con mi perra. No aprendí hachi. ¡El idioma hachi ni siquiera existe! Fue todo un puto sueño, tan real, y que quisiera tanto que fuera cierto, que me convenció y me robó una hora de sueño, un martes a las cinco de la mañana.

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